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De vez en cuando, por las noches, Jorge Luis Borges se metía en mi apartamento. Sabía que se acercaba no por la costumbre sino por el bullicio con el que los gatos lo delataban. ¿Cómo lo hacía para trepar hasta el balcón? Al día de hoy no lo sé.

A veces venía armado con un puñal, pero estaba claro que su hoja no era para derramar mi brusca sangre. Lo más probable es que lo llevaba consigo para solucionar complicaciones que podían surgir en el camino.

Él se quedaba en la sala y ahí miraba el paisaje o leía los libros del estante. Lo que a mí me tomaba semanas leer, él lo hacía en una madrugada. En todas sus visitas no intercambiamos una sola palabra, excepto por un par de frases que más tarde les compartiré. De todos modos, ¿de qué íbamos a hablar?, ¿del clima o la política?

Me angustiaba cuando tomaba sin mi permiso los escritos que yo había olvidado sobre la mesa. Cuando me daba cuenta de mi descuido, ya era demasiado tarde. A diferencia de las novelas y las colecciones de cuentos que tanto cuido y que conforman mi biblioteca, al analizar mi obra se tomaba su tiempo. Esas noches yo no podía dormir tratando de adivinar lo que debía estar pensando el mejor escritor de la historia acerca de mis infaustas aportaciones a la literatura de esta lengua y de este continente. ¿Qué no se había dicho ya como para que yo haya querido ser escritor?, y tras eso, olvidar mi trabajo sobre la mesa y al alcance de Borges.

Una noche le vi más melancólico de lo normal, por lo que le pregunté: <<Maestro, ¿por qué viene con tanta frecuencia para acá?>>. Dándole vueltas a la empuñadura del bastón, no del puñal, me respondió: <<Porque de vez en cuando, por las noches, Franz Kafka se mete en mi apartamento y lee lo que he escrito durante el día. Esto me produce tanta angustia que no consigo dormir>>.

Imagen de Free-Photos en Pixabay 

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