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La gran cantidad de inundaciones que se estaban presentando en la ciudad por culpa de las fuertes lluvias, dificultaba notoriamente el poder desplazarse de manera tranquila y seca. Sin duda alguna que a Johann Kay no le quedaría más remedio que mojarse hasta llegar a la gran terminal de transporte.

En esta ocasión Kay había decidido viajar cientos de kilómetros en tren, hasta llegar a su destino favorito, la playa de los acantilados. Este majestuoso lugar se caracterizaba por tener una inigualable conexión con la naturaleza, gracias a su gran biodiversidad de flora y fauna. Estaba rodeada de una gran cantidad de palmeras de coco, con una arena pelicular debido a que era muy fina y de color canela. Pero lo mejor de todo era ver las diferentes tonalidades de azul que se distribuían en el aquel solitario mar y escuchar la relajante melodía que originan las olas al romper en la orilla.

— ¡Bip, Bip, Bip! —timbró fuertemente la alarma que alertaba a los usuarios del tren para que tuvieran cuidado con las puertas al momento de entrar o salir.

— ¡Buenos días! —exclamó con tono de voz alto para que la multitud que estaba dentro lo escuchara. Pero para su sorpresa, nadie le respondió.

— ¿Será que nadie me escuchó?, o simplemente es muy temprano y las personas vienen medio desorientadas por el sueño—se preguntó Kay, mientras reflexionaba y observaba a todos a su alrededor.  Pero para su sorpresa, los pasajeros del tren mostraban una actitud extraña y escalofriante, debido a que estaban con la cabeza inclinada hacia el suelo, mientras simultáneamente movían los dedos de arriba abajo y con la mirada totalmente perdida en un dispositivo electrónico.

— ¿Por qué estas personas actúan de esta manera?, acaso no son conscientes de lo que están haciendo. Ni siquiera se detienen para distinguir al pasajero que se sienta a su lado, parece como si estuvieran hipnotizados. ¡Bueno!, mejor no le hago caso a eso, me pongo cómodo y leo un rato para aprovechar el tiempo—se dijo así mismo, a medida que se sentaba en el puesto que le habían asignado, sacaba uno de sus libros de la maleta y se relajaba para el largo viaje. 

Había pasado aproximadamente una hora, cuando uno de los pasajeros se levantó de su asiento y empezó a gritar de manera desenfrenada. Al parecer un distraído señor de tercera edad que estaba justo en el puesto contiguo, había colocado su maleta encima del dispositivo electrónico del hombre enfadado y esto ocasionó que se rompiera por el peso del equipaje.

— ¡Disculpe, pero no lo había visto! —exclamó el anciano con voz suave e intentando calmar la situación.

— ¡Viejo imbécil!, ¿pero que ha hecho?, y ¿cómo es posible que no lo haya visto? ¡Sabe algo!, deme sus datos personales y en caso de que no se haga responsable de esto, lo voy a demandar—el furioso hombre resoplaba y agitaba sus brazos de manera amenazadora.

— ¡No se preocupe!, tenga mis datos personales y pásame tu número de cuenta para realizar el pago correspondiente—respondió el anciano a la vez que le entregaba un trozo de papel con la información solicitada.

— ¡Eso espero!, pero lo peor de todo es que aún quedan muchas horas de viaje, ¿que se supone que voy hacer?, ahora que no puedo conectarme a mi equipo—se dejó caer triste y pensativo en su puesto, entretanto se quedaba mirando el dispositivo dañado.

En ese mismo instante, el comportamiento de los pasajeros del tren fue empeorando por el uso de los equipos electrónicos y nada de lo que percibía Kay tenía sentido. A su izquierda, un bebé no dejaba de llorar porque la madre no le prestaba atención y había dejado caer al suelo el biberón. Del lado derecho venía un olor nauseabundo porque a alguien se le olvido una bolsa con pescado. En la parte de atrás, una pareja de enamorados no interactúan por estar hipnotizados en sus aparatos. Por otro lado, una señora estaba discutiendo con uno de los operarios del tren, porque habían pasado su estación y ella no se dio de cuenta por estar conectada al dispositivo. Durante el resto del viaje, los pasajeros siguieron desorientados y en ningún momento levantaron sus cabezas para disfrutar del hermoso paisaje que se veía por las ventanas o de intentar socializar entre ellos. Sin duda alguna que el ambiente impregnaba tristeza, soledad y egoísmo, debido a que cada pasajero estaba encerrado en su propia burbuja y no le importaba nada más que eso.

— ¡Señor, despierte por favor!—dijo uno de los operarios.

— ¡Lo siento!, pero me quede dormido. ¿Dónde estamos? —respondió Kay, mientras desviaba su mirada y se daba cuenta de que el tren estaba totalmente vacío.

— Hemos llegado al destino final. Estamos en la estación de la playa de los acantilados y debe bajarse del tren señor. Adicional, le recuerdo que en esta área no hay internet ni cobertura para los aparatos electrónicos, por consiguiente le aconsejo que disfrute de su estancia, ¡estos dispositivos están enloqueciendo y matando a las personas! Pero lo más triste de todo, es que no son conscientes de sus comportamientos porque lo ven como algo normal y cuando se desconectan de esa realidad no saben disfrutar de las cosas sencillas o espontáneas de la vida, se sienten vacíos—en el ínterin de revisar todo el tren y acomodar los asientos, el operario entabló una conversación con Kay y expresó su sentir sobre la situación.

— ¡Tiene razón! y no se preocupe porque suelo venir a menudo por esta zona. Sin duda, esa es una de las razones por las que amo estar aquí. Desconectarse de aquel desorientado ambiente, es como si nutrieras tú cuerpo, mente y alma con el mejor suplemento que se pueda conseguir. ¡Simplemente, no hay nada igual! —reconoció Johann Kay, mientras se bajaba del tren y echaba un vistazo a su alrededor. El lugar estaba prácticamente desolado, pero a medida que se dirigía hacia la playa, sus sentidos se agudizan y se preparaban para nutrirse nuevamente del suplemento más esperado.ó

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Esta entrada tiene 2 comentarios

  1. Avatar
    Carolina Londoño

    Increíble y sincera narrativa; sabias palabras que día a día suceden en nuestro entorno y realidad.

    Gracias por compartir 😊

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