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El gallo Flavio vivía en el campo, libre, en un patio. Desde que nació, se reflejaban matices que lo hacían diferenciar del resto de primos. Preguntaba todo, jugaba un poco menos que el resto y siempre despertaba de primero.

En ocasiones, se sentía frustrado porque le costaba entender cómo debía tomar ciertas decisiones. —¿Limpio la casa o como primero?, ¿hago mis deberes ya o salgo a jugar?, ¿canto yo o espero que el gallo mayor cante? —

Un día, el gallo Flavio decidió emprender un largo viaje para visitar al gallo más viejo de la familia. Por el camino, tuvo que protegerse de las zorras, coyotes y boas. Pasando grandes sustos. Procuraba buscar cierta altura para descansar unas horas y seguir con su camino.

Justo al amanecer, luego de tres días de camino, logró ver el patio del que su madre le había comentado. Dos metros cuadrados de maíces sembrados, una pequeña casita de zinc con una escalera de madera en el costado y un árbol guayacán en su amarillo florecer.

Flavio se acercó:

—¿Quién anda por ahí? —golpeó el viejo Tobías con su bastón la lámina de zinc—.

—Soy el gallo Flavio, hijo de mamá Gen. Me dijo que podía visitarte para hacerte unas preguntas—.

El viejo Tobías salió al portal de su casita de zinc, se sentó sobre su mecedora de madera y le dijo: —siéntate y hablemos. Pero primero, recoge unos granos de maíz y tráelos para acompañar el café—.

—Y usted zambito, ¿por qué ha venido de tan lejos para hablar conmigo? — Comentó Tobías—.

—Nada viejo… Me pasa con frecuencia que estoy haciéndome preguntas sobre casi cualquier cosa que debo hacer. Y a medida que pasa el tiempo, voy llenándome de una angustia que me hace sentir confundido—.

—¡Ay Flavio! —exclamó el viejo Tobías— me recuerdas un poco a mí 50 años atrás. Te pregunto algo: ¿Sabes por qué estoy solo aquí? —

—¿Por viejo, quizás? —

—¡Más respeto zambito del dianche! —continuó Tobías—, estoy aquí solo porque gran parte de mi juventud, le daba mucha vuelta en mi cabeza a todo y me sentía sin rumbo. Como si esperaras algo que no sabes ni qué es. Y no te miento, ahora quizás vivo más tranquilo aquí, y no fue hasta hace algunos años que me di cuenta de algo—…

—¿De qué?, —dijo Flavio—.

—De que el tiempo pasa y no regresa—…

Flavio pasó unos días con el viejo Tobías. Le ayudó a preparar la tierra para sembrar más maíz y estar mejor preparado para el invierno. Durante esos días conversaron mucho.

Un día, contemplando el atardecer, Flavio le dice al viejo que mañana salía de regreso a su casa. Tobías, mirando al horizonte, le dijo:

—Sabes algo Flavio, a veces hay cosas que naturalmente son de una forma. Y no es que siempre debamos aceptarlas, pero sí reconocerlas y seguir adelante con lo que pensamos y actuar. Solo la experiencia, por las decisiones que tomemos, nos hará aprender y crecer. De esa forma tendrás menos preguntas y acumularás más respuestas—.

Flavio se quedó callado, miró su cresta pálida y flácida, notando que había comprendido algo que no sabía a su llegar.

Antes de que amaneciera, Flavio despertó para preparar unos maíces y el café. Juntos en el portal, contemplaban como poco a poco el sol transformaba lo misterioso en seguridad.

—Bueno viejo, inicia mi camino. —Dijo Flavio—, quiero agradecerle por todo—.

—Gracias a ti por visitarme, ya hacía rato que nadie venía por acá—. Extendió su mano y le dijo: —Aquí hay algo para ti—, le entregó un pedazo de hoja de plátano doblada en cuatro—, más adelante en el camino lo abres—.

Flavio lo recibió, lo guardó y se fue.

A medio camino, recordó lo que le había dado el viejo Tobías, se detuvo debajo de un palo de mango, lo abrió y encontró unas palabras que decían:

«A menudo nos preguntamos si fue primero el huevo o la gallina. Olvídate de esto y crea tu propia naturaleza».

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