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Miércoles 4:13 de la tarde, Mariana y Chelita caminaban por la avenida central en dirección a la parada de buses del norte.

—Es que verlo así… Yo trato de darle una buena actitud siempre, pero no se sabe con qué se saldrá ese tipo. La vez pasada me pidió que alistara todo su cuarto, que ya sentía que le llegaba la hora. Yo le dije: «Don Chacho, qué ocurrencias. Usted es todo un mozo». A lo cual respondió con un viraje de boca tan poderoso que desvalida cualquier opinión.

—¿Sabes algo Mariana?, yo sé que es difícil estar todos los días ahí. Pero ponte a pensar: solo, sin nadie cerca y con algunas molestias ya por su edad, ¿Cómo crees que se debe sentir?

—Yo lo sé Chelita, yo lo sé. Vea, se está yendo el bus.

Separados de escritos - El Mural

—Me estoy sintiendo bien —comentó Don Chacho—, creo que el mejunje ese que me dejó ayer para la noche me alivianó un poco estos dolores de muerte. Quizás sabe tan mal, que ni a ella le gusta probar eso. Imagínese.

—Que bárbaro Don Chacho, como va a decir eso. Yo le dije que ese remedio es infalible. Solo usted tómeselo y verá que pronto se compone.

Cada tarde, antes de despedirse, Mariana le dejaba el menjunje en la mesita de noche. Una vez que se lo tomaba, las noches de Don Chacho no eran iguales. Su juventud, amigos y otros grandes momentos de su vida eran parte de los sueños que lo hacían despertar con un ánimo que no sentía desde hace varios meses.

Él pensó: «Mejor irme así».

Mirando abstraído su gran taza transparente de café con leche, Don Chacho pensaba en el momento en el que sus latidos se detuvieran. Por otro lado Mariana sentía que la situación de Don Chacho mejoraba gracias al remedio de mamá Tencha.

A la mañana siguiente, a eso de las 6:13 de la mañana, Mariana llegó con el pan recién comprado en la panadería. Abrió las verjas de la casa y entró a la cocina. Le extrañó no oír la radio Sony cuadrada de pilas con las noticias, pero no le prestó atención a esto. Se cambió y se dirigió al cuarto principal de la casa.

Al llegar frente a la puerta pudo percatarse de que se encontraba cerrada. Fue entonces cuando se desesperó y trató de abrir la puerta con rapidez, pegando manotazos en aquella pieza de madera fabricada por el mismo Don Chacho 40 años atrás.

Regresó a la cocina. La mesa estaba servida y en ella se notaba como lentamente se desvanecía la olorosa esencia de la taza de café. Tomó un martillo y con tres golpes desesperados destruyó la cerradura y empujó la puerta.

Miró alrededor. Todo parecía limpio y ordenado. Caminó hacía la mesita de noche y encontró, junto al vaso transparente del menjunje, un pedazo de papel blanco en el que decía: «Gracias por cuidarme hasta el último día y dale las gracias a mamá Tencha».

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Esta entrada tiene 2 comentarios

  1. Avatar
    Carlos Salazar Boychev

    Tierno y cálido relato. Muy especial.

  2. Avatar

    Qué lindo esto. Muchas veces no se trata del »menjunje» sino de quién lo hace y el cariño que conlleva su preparación.

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