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A Bruno le costó superarlo. Él fue el único de los cuatro hermanos que se encontraba en el país.

A eso de las 7:30 de la mañana, Bruno decidió llamar por teléfono a sus papás para llevarles alguna bollería a fin de acompañar el acostumbrado café de la mañana, que tomaban sus papás en el jardín trasero. Luego de varios timbrazos fallidos, decidió ir de igual forma.

Al llegar a la casa, pudo ver que el periódico aún no había sido recogido fuera de la puerta. Una corriente fría atravesó su cuerpo, alojándose en su garganta y boca del estómago, provocando un vacío.

Separados de escritos - El Mural

Hace un mes Marta y Agustín habían cumplido 53 años de casados. Ese día Bruno los visitó y preparó un almuerzo. Por momentos se sentía que la intención de conmemorar esa fecha solo pasaba por su cabeza. Pero al rato de unas horas y al despedirse, Bruno sintió que habían pasado un buen rato recordando cómo sus padres se habían conocido.

Marta miraba perdida al jardín y Agustín al notarlo, se quedó quieto por un rato. Contemplándola, se sentó a su lado, le tomó la mano y le dijo:

—Martita: si tú te vas, yo me voy contigo.

Ella le miró, apenas pudo sonreír y recostó su cabeza sobre su pecho. El día anterior había recibido el diagnóstico: Metástasis. Se apreciaba en las lúgubres notas que había escrito el doctor.

Cada día que pasaba, era muy difícil para Agustín verla en ese estado. Él procuraba mantenerse con una buena actitud, pero la mirada de Marta reflejaba que todo estaba listo. Ella sufría y él debía aceptarlo. Agustín se sentía egoísta, y espero que al lector también, juzgar esta actitud de “vencida” ante el fatal diagnóstico.

El sábado por la noche fue terrible, Martita sollozaba de dolor. Gritaba que no podía más y que por favor la dejaran ir. Agustín apresurado buscó unos medicamentos y le pidió que se los tomara. Ella los tiró al piso. —¡No quiero más! —le dijo—.

Ya habían pasado dos años de la enfermedad y había sido un duro trayecto. A Martita ya no le quedaba ánimo para seguir luchando.

—Agustín, ¡Ya no quiero sufrir más! —, exclamó Martita durante la cena del domingo.

—Es en serio—. Y lo miró con aquellos ojos con los que hace más de 50 años le había jurado estar a su lado para siempre.

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Bruno tenía llaves de la casa de sus padres. Se agachó, tomó el periódico, respiro profundo y entró a la casa. No se encontraba nadie en el comedor y vio que la puerta del cuarto principal estaba cerrada. Se posó frente a ella, tragó un buen bocado de temor y abrió la puerta.

La luz del alba entraba por el costado derecho del cuarto, reflejando una escena que parecía irreal. Con calma, cerró la puerta, llamó a sus hermanos y les dio la noticia.

No solo encontrarlos así fue difícil. Si no que, con sus propias manos, una vez que retiraron los cuerpos, tuvo que limpiar la sangre de las paredes y recoger las sábanas, ya no tan blancas, de la cama matrimonial.

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4:03 de la madrugada del lunes, sonó la alarma del reloj despertador que se encontraba en la mesita de noche de Agustín. La apagó, encendió la lámpara, abrió la gaveta y sacó una 38 especial cargada con dos balas. Le dio un beso en la mejilla a Martita y le dijo: «nos vemos pronto. Te amo». Disparó a un costado de la cabeza de Marta, luego apuntó hacia el centro de su propia cara y apretó el gatillo.

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