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La monotonía del día era como otro cualquiera. Con cuerpo tonificado y atlético, el varón se despertaba las 05:30 de la madrugada con el sonido del despertador, luego se dirigía al área de ejercicio y realizaba unos 30 minutos de calistenia. Al terminar y sin prisa alguna, iba a la cocina para hacer el desayuno. Posteriormente, cumplía con sus ocho a diez horas de jornada laboral, llegaba a casa para descansar, cenar y dedicarle un tiempo al entretenimiento. 

Los días pasaban y no se presentaba ni el más insignificante cambio en la cansina rutina. Hasta que un día suena el teléfono del varón, durante la cena. 

—¡Hola! —contestó de manera asombrada por la inesperada llamada.

—¡Mira!, únicamente te llamo para decirte que se acaba de marchar. Justo hace cinco minutos de la despedida —respondió de manera cortante y triste una mujer que estaba del otro lado del teléfono. 

—Entiendo, pues nada. Muchas gracias por llamar y lo siento mucho. ¡Hasta luego! —dijo con la voz entrecortada, a la vez que colgaba y tiraba el teléfono contra el suelo. 

Algo triste y cansado por la noticia que había recibido, Kay rompió su alocada rutina y se dirigió al parque que estaba a quinientos metros de su casa. Una vez llegado al lugar, se tiró en el frondoso césped mientras observaba todo el paisaje a su alrededor. Luego metió la mano en el bolsillo de la chaqueta y sacó un libro que aún mantenía el envoltorio de regalo. Justo detrás de la portada, había una dedicatoria escrita en bolígrafo azul que decía lo siguiente:

“A medida que vamos creciendo, madurando y poniéndonos más viejos, tanto carnalmente como espiritual, solemos olvidar o dejar de practicar muchos hábitos y necesidades básicas como seres humanos. Cosas como reír a carcajadas hasta que nazcan las lágrimas de los ojos y estés a punto de que te orines encima. Saltar enérgicamente, a medida que descargas una gran cantidad de euforia por haber logrado un sueño o meta, abrazar de manera fuerte y profunda, como si tu cuerpo se estuviera comunicando con el de otra persona pero sin palabras, hablar con el corazón, de tal manera que las palabras que salen de la boca siembran grandes cantidades de positivismo y afecto en la persona con la que te estás comunicando. 

Todas estas necesidades fisiológicas, son hábitos necesarios que contagian a las personas que están a nuestro alrededor y adicionalmente sirven para motivar de gran manera nuestro ser interior. Es por eso que la motivación y energía que difunden los niños en su entorno diario es tres veces mayor que la de cualquier adulto promedio, y todo esto se da porque los niños ponen en prácticas todos estos hábitos, sin importar lo que diga las personas que están a su alrededor. 

Sin embargo, existe una necesidad que es mucho más difícil de explicar y compleja, y me refiero a llorar. Sin dunda alguna, cuando éramos niños,  “llorar” era algo que solíamos realizar con más frecuencia, debido a que en ocasiones no podíamos controlar nuestras emociones y sentimientos, por consiguiente soliamos demostrar todo lo que estaba reprimido en nuestro interior, con una leve explosión emocional que depuraba todo nuestro cuerpo a través del ejercicio de llorar.

Querido Kay, todas estas palabras son nada más y nada menos que la humilde percepción de un viejo que vivió y experimentó una vida muy diferente a lo que normalmente las personas tienen acostumbrado. Es por eso que te puedo decir, que a veces las personas pueden llorar por tristeza, felicidad, empatía, dolor, amor y muchas otras más. 

En una ocasión, me tocó ir al sepelio del hijo de un amigo cercano y recuerdo que el padre no derramó ninguna lágrima en todo el transcurso del día. En cambio la madre le recriminaba eso, mediante gritos enérgicos y golpes. ¡Realmente era nefasto escucharle!, pero sí es cierto que eso me llamó mucho la atención. Luego de un rato, esperé que el ambiente se calmará y me acerqué donde mi amigo para preguntarle sobre mi inquietud. 

—¡Te pido disculpas por el atrevimiento, querido amigo!, pero no entiendo, ¿por qué no lloras por tu hijo?

—¡Querido amigo!, mira a tu alrededor. Hay personas que están llorando por tristeza, porque nunca más lo van a volver a ver. Aun, cuando vendrán continuamente a visitar su tumba para seguir alimentando el dolor por su partida, situación que me parece muy terca. Otros lloran por felicidad, porque mi hijo deja una gran herencia. Algunos lloran por empatía, porque simplemente se ponen en el zapato de los demás y asimilan su sufrimiento. En cambio, considero que si realmente amaste a un ser querido y murió, el llorar o no llorar no demuestra nada, lo importante es el recuerdo que tienes de esa persona, porque siempre que quieras estar con él, únicamente deberás recordarle.

PD: No hace falta que llores por mí despedida, porque no he muerto y siempre que quieras verme o conversar conmigo, solo tienes que buscar nuestros recuerdos juntos. ¡Eso es más que suficiente!

Luego de leer la dedicatoria, Kay cerró el libro, desvió su mirada al cielo y se puso a reflexionar en aquellas profundas palabras.

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Esta entrada tiene un comentario

  1. Avatar
    Mel

    Me encantó, muy emotivo ❤️
    Gracias!

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