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El valle abrazaba, con altura; el sol era alegre; el río sonaba; las noches eran brisa.

Bodo tenía una huerta al pie de una colina.

En ella sembraba tambores, sombreros y trompetas.

Con frecuencia, y por la mañana, los músicos pasaban y preguntaban por la cosecha.

Finalizada la compra, seguían su marcha, arrastrando sus sandalias desgastadas, y entonando las canciones que el valle desde siempre cantaba.

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